La captura de Nicolás Maduro por parte de la administración Trump y la invocación de la Doctrina Monroe el pasado 3 de enero no deben leerse bajo el prisma del moralismo jurídico, sino bajo la cruda luz de la potencia. Como explica Spinoza en su Tratado Político, el derecho de cada uno se extiende hasta donde llega su potencia, y en el escenario internacional, donde no existe un poder común superior, los Estados permanecen en un estado de naturaleza. En este contexto, la soberanía no es un concepto absoluto, sino una relación de fuerzas siempre relativa. Spinoza es tajante en el capítulo III, punto 7: una sociedad es dueña de sí misma (sui juris) solo en la medida en que puede dirigirse por la razón y defender su territorio. Venezuela, bajo el régimen de Maduro, se convirtió en una entidad dependiente (alterius juris), no solo por la injerencia externa, sino por su propia degradación interna. Un país que condena al exilio a unos ocho millones de ciudadanos, tiene presos políticos y se sume en la miseria pierde la "unión de ánimos" que constituye la verdadera potencia de un Estado. Siguiendo el capítulo III, punto 13, Estados Unidos ha ejercido su derecho natural de guerra, pues para someter a otra sociedad basta con tener la voluntad y la fuerza de hacerlo, especialmente cuando la soberanía ajena ya no tiene potencia real para repeler la acción.
Esta estrategia resuena con la visión de Henry Kissinger sobre un mundo repartido en grandes esferas de influencia para evitar la conflagración total. Este reparto es la aplicación práctica de la tesis spinoziana de que dos sociedades son enemigas por naturaleza (capítulo III, punto 13) y que la paz solo es posible mediante el equilibrio de fuerzas. Al reclamar el control de América y reconocer las esferas de Eurasia para Rusia y China, se busca pasar del estado de guerra constante a un "derecho de paz" que, según el capítulo III, punto 11, es necesariamente un derecho conjunto. No se trata de una paz de concordia idealista, sino de un realismo geopolítico basado en el respeto mutuo a la potencia de los bloques.
Para España, este cambio de paradigma ofrece una ventana de oportunidad única para recuperar su propia autonomía. La ruptura con el bloque bolivariano y la limpieza de la "mafia socialista" y la "ideología woke" interna no es solo una cuestión ética, sino de supervivencia y potencia nacional. Una alianza estratégica entre un nuevo liderazgo español y Washington se fundamentaría en el capítulo III, punto 14, donde Spinoza aclara que los pactos son firmes mientras persista la esperanza de un bien o el miedo a un mal. España, aprovechando su posición geográfica y su identidad hispana, puede ofrecer a la potencia hegemónica un aliado sólido contra las redes de corrupción institucional personificadas en figuras como Zapatero. En este nuevo orden de grandes potencias, España debe dejar de ser un satélite pasivo para convertirse en una sociedad que, mediante alianzas basadas en la utilidad mutua y la sintonía ideológica, vuelva a ser dueña de su propio destino en el tablero internacional.
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