La Política no es una ciencia ni puede serlo. La principal razón está en los términos con los que opera. En efecto, en la geometría los términos (rectas, cincunferencias...) son claros, están definidos, son operables y los procesos pueden repetirse indefinidamente. Lo mismo pasa en el resto de las ciencias estrictas: Artimética, Termodinámica, Topología, Física newtoniana... Ahora bien, la Política, como intento de saber científico, se apoya en fenómenos en parte desconocidos, ya que siempre hay algo que se nos escapa, pues los términos de este saber son sujetos operarios (grupos o individuos) cuyos intereses no están nunca del todo claros. ¿Qué intereses hay realmente tras el Estado Islámico recién formado (o en Israel, o en Ucrania)? ¿Qué alianzas hay que no conocemos, al menos por los filtros de la prensa? Al contrario que en la geometría, la pseudociencia política opera con términos oscuros y confusos, y las operaciones y decisiones de la realpolitik son siempre provisionales, pues el fin del Estado no es la Verdad como en las ciencias (verdades o teoremas de cada recinto categorial) sino el orden, la eutaxia, la continuación en la existencia con el mayor orden interno posible.
La captura de Nicolás Maduro por parte de la administración Trump y la invocación de la Doctrina Monroe el pasado 3 de enero no deben leerse bajo el prisma del moralismo jurídico, sino bajo la cruda luz de la potencia. Como explica Spinoza en su Tratado Político , el derecho de cada uno se extiende hasta donde llega su potencia, y en el escenario internacional, donde no existe un poder común superior, los Estados permanecen en un estado de naturaleza. En este contexto, la soberanía no es un concepto absoluto, sino una relación de fuerzas siempre relativa. Spinoza es tajante en el capítulo III, punto 7: una sociedad es dueña de sí misma ( sui juris ) solo en la medida en que puede dirigirse por la razón y defender su territorio. Venezuela, bajo el régimen de Maduro, se convirtió en una entidad dependiente ( alterius juris ), no solo por la injerencia externa, sino por su propia degradación interna. Un país que condena al exilio a unos ocho millones de ciudadanos, tiene presos políticos ...
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